Neila
Capitulo
1. Un nuevo camino.
Salí corriendo de
las cuevas de meditación, junto a mis nueve compañeros del Clan Orus de
entrenamiento Jedi al que pertenecíamos, en dirección a las naves
aparcadas en posición vertical que tiempo atrás habían sido
aterrizadas con la intención de formar el Templo Escondido. El metal
de los puentes-pasadizo que unían las naves y las cuevas estaban
completamente encharcados, y no resbalarse era casi imposible. La
tormenta, que horas antes había comenzado como poco más que una
llovizna bajo el sonido de los truenos, golpeaba el planeta ahora con
gran violencia. Un rayo cayó del cielo y sacudió la nave de carga principal, creando
una sobrecarga en los sistemas: todas las luces del complejo se
apagaron al instante, y tuvimos que dejar de correr para no caernos
por el precipicio de casi cuarenta metros.
––¿Por que
demonios no ha funcionado el escudo?––preguntó a voz en grito
para que se le oyese el Maestro Jen. Se notaba en su tono de voz una
leve chispa de furia, algo irónico en el maestro de meditación y
control emocional.––¿Es que acaso algo funciona bien en este
maldito planeta?
La furia del
Maestro, en si, tenía bastante sentido. Desde los casi diez años
que llevaba viviendo allí, no había habido ni una sola semana en la
que alguno de los sistemas de las naves no fallase, y casi siempre lo
hacían en los momentos críticos. Seis meses atrás habíamos estado
a punto de tener que abandonarlo todo por una invasión de los seres
nativos del planeta, que nos habían encontrado tras la explosión de
uno de los reactores de la Nave mando, donde se hallaba el Alto
Consejo Jedi. La explosión no había causado víctimas, pero como casi todos los desastres que nos
ocurrían, había sido por el escaso acceso a reparaciones navales
que teníamos en aquel mundo perdido de la mano de dios. Los únicos
que vivíamos en el Templo Escondido eramos los alumnos y los
Maestros, y habíamos tenido que pedir ayuda al Templo de Coruscant
para que nos mandase un equipo de reparaciones.
––Calmese,
Maestro––Dijo Glaw, el único amigo que me quedaba en el clan
tras la incorporación de Fahii en nuestras filas.––ya estamos
empapados, no creo que nos vaya a caer un rayo a nosotros con tanto
meta alrededor.
La única
contestación del Maestro Jen fue un leve suspiro, seguido del lento
sonido de sus pasos sobre el metal. Volvimos a reanudar la marcha,
esta vez teniendo cuidado en no tropezarnos con la oscuridad y
manteniéndonos agarrados a los cables que servían de pasamanos del
puente. Al cabo de diez tortuosos minutos atravesamos las puertas
corredizas de la Nave escuela, la única colocada en posición
horizontal, y en la que se encontraban las zonas de entrenamiento y
las habitaciones de todos los aprendices de los clanes.
––¿De verdad
que lo has visto?––Gritó una voz chillona por encima del
murmullo de un montón de niños que estaban arremolinados en circulo
en mitad del pasillo. Rápidamente todos los alumnos que acabábamos de
entrar nos acercamos para ver que sucedía.
––Que si, por
dios, te lo juro. Cais Ihoren ha aterrizado en un caza espacial hace
veinte minutos en las cuevas del este.––contestó un joven
adolescente que llevaba ya la capa que se le daba a los Padawan que
habían sido aceptados por un Maestro.
––¿Cais
Ihoren?––preguntó una niña de apenas seis años. Tenía los
ojos de color morado, lo que indicaba que a pesar de su apariencia
humana pertenecía a otra especie de seres inteligentes.
––Ah,
claro, los
pequeños no lo conocéis.––Contestó en tono autoritario la voz
de Fahii. Fahii era un joven humano, estúpido, irreflexivo y creído
de Coruscant. Su padre era el Senador de dicho planeta, y por ello él
se creía superior al resto, y que tenia el derecho de mandar sobre
los demás. El problema era que el resto dejaban que mandase, porque era
un chico "guay". Era
alto y esbelto, y con el Sable Laser era el segundo más veloz de la
escuela, detrás de un chico del Clan Banis. Su problema era que se lo
tenía demasiado creído y era un arrogante y un prepotente, y
eso provocaba que perdiese casi todos los combates de
entrenamiento.––Cais Ihoren fue un miembro del Alto Consejo Jedi
antes del Pacto de los Caminos de La Fuerza. Él fue quien convenció
a la Nueva República Democrática y al Imperio Democrático para que
hiciesen una alianza. Después de eso, fue un tiempo parte del Alto
Consejo Jedi de aquí, pero cedió su cargo pocas semanas después.
Desde entonces se dedica a misiones por el Borde Exterior. Apenas
pisa el Templo.
––¿Por que
creéis que esta aquí?––dijo Glaw, con sus ojos verdes soltando
chispas por la emoción. El único defecto de mi amigo era que le
perdían demasiado las leyendas Jedi. Se pasaba los días en el
Archivo, leyendo documentos, en vez de entrenando, y por ello era el
último de la clase en combate, pero el primero en conocimientos y
autocontrol.
No escuché
exactamente lo que dijo el Padawan de la capa, no me interesaba. Me
hice paso entre el montón de alumnos y continué andando hasta mi
habitación individual. Me quité la túnica y el resto de la ropa, y
me puse una muda limpia y seca. Solté un suspiro y me senté en la
cama. La verdad es que en el fondo si que sentía curiosidad. ¿Que
hacía semejante leyenda en nuestro Templo destartalado? Vale que de
aquí salían los futuros Caballeros Jedi de Combate, expertos en
Fuerza Viva, que era su territorio, pero eso era cuando crecíamos
mas e íbamos a misiones. En el Templo ahora mismo todos eran una
pandilla de críos que se morían de ganas por empuñar un sable
láser de verdad, y no los que nos daban a los alumnos que lo máximo
que podían provocar era una quemadura. Solté un segundo suspiro. No
eran ellos los únicos críos. Yo también lo era, y yo también me
moría de ganas de salir del Templo. Aquel año era mi última
oportunidad. En la Orden Jedi, si a los trece años un aprendiz no
había logrado interesar a un Maestro para entrenarlo, era o bien
expulsado, o enviado a uno de los cuerpos de servicio Jedi: el cuerpo
sanador, el agrícola o el cuerpo de guardianes. Y yo no quería
ser nada de eso. Yo quería empuñar mi propio sable láser, y vagar
por la galaxia ayudando a la gente, liberando esclavos e impartiendo
justicia. Esa justicia que en mi infancia me habían arrebatado.
Tragué saliva y cerré los ojos. ¿Sentía deseos de venganza?
Quería creer que no, pero en el fondo no lo tenía tan claro. Si era
venganza, al menos no lo era de forma convencional. No tenía ganas de
matar a aquellos que, según me habían contado los Jedi, habían
matado a mis padres en Dantooine. Tenía ganas de pararles los pies a
todos aquellos que trataban mal a otros seres, ya fuesen humanos o
no.
––¿Neila?––Sonó
la voz de Glaw tras la puerta, interrumpiendo mis
pensamientos.––¿Estas ahí? Es hora de cenar. Nos vamos a quedar
sin sitio en la cantina.
Me
puse en pie
rápidamente, consciente de lo mucho que me rugía la tripa, y recorrí
el par de pasos que me separaban de la puerta. Las habitaciones del
Templo no eran para nada estancias lujosas. Ni siquiera se si se le
podían llamar habitaciones. Era una pequeña sala con una cama, una
mesa pequeña para estudiar, un armario, y una puerta que daba a un
baño compartido por cuatro alumnos. Eran dormitorios que cumplían
completamente con las normas Jedi: nada de posesiones, nada de
avaricia, lo justo para vivir. Aun así, la mayoría de alumnos
teníamos más que las sabanas y la ropa. Casi todos teníamos algo
que nos recordaba a nuestros padres, ya fuese una foto o una carta, y
algunos como Glaw y como yo teníamos la mesa llena de piezas de
aparatos rotos que intentábamos arreglar sin éxito pues no sabíamos como
eran en un principio, o para que funcionaban. Abrí la puerta
y salí al pasillo, donde me esperaba mi compañero, que aun mantenía
ese brillo de ilusión en la mirada. Comenzamos a andar hacia la
cantina.
––¿Por que
crees que habrá venido Cais al Templo? Zahii piensa que se ha
hartado de las misiones y quiere volver a ocupar su puesto en el Alto
Consejo Jedi de Combate. Philk cree que quiere hacerse cargo de la
academia para demostrar que él tiene razón en sus creencias y no los
de La Fuerza Unificadora de Coruscant.––Por su tono de desdén al
pronunciar Coruscant supe al instante que el que creía que los de
ese Templo estaban equivocados era mi amigo.
––¿Philk?
––El Padawan de
la capa.
––Ah.––fue
mi única respuesta. Glaw sabía de sobra que no me gustaba especular
sobre las intenciones de la gente para no hacerme falsas ideas, y
comprendió que no iba a sonsacarme ninguna de mis opiniones al respecto.
––Philk es el
Padawan del Maestro Jen. Se anunció ayer, y ha pasado la noche en el
salón de ceremonias meditando. Supongo que eso significa que van a
cambiarnos de Maestro de meditación, porque se ira a cumplir
misiones. Espero que nos pongan a Shn'dei.
Giramos
a la
derecha en la bifurcación que unía el pasillo de las habitaciones
de chicas con el de chicos, y a su vez con el de la cantina, y abrí
la boca para contestarle que el Maestro Shn'dei, aunque un genio en
lucha, era un necio irreflexivo que no sabía meditar. Pero de pronto
escuché la voz de Zahii un poco mas
adelante. Me paré para observar la escena. El chico de Coruscant
estaba golpeando en la tripa a un niño Gungan, que era sujetado por
dos amigos de Zahii, mientras el pequeño del planeta Naboo lloraba y
suplicaba que lo dejasen en paz. Empecé a andar hacia ellos, con la
mano en el sable láser de entrenamiento que llevaba al cinto.
––Dejales,
Neila, te vas a meter en un lio... otra vez––susurró mi amigo cuando pasé a
su lado, pues él se había adelantado unos pocos pasos mas antes de
pararse.
Cuando llegué a la
altura de los tres matones, Zahii paró de golpear al pequeño
anfibio, y se giró para mirarme a la cara, con una sonrisa burlona y
casi diabólica en la mirada.
––¿Que
quieres?, no ves que estoy ocupado haciendo saber a este idiota que no
debe..––No terminó la frase, saqué el sable láser, lo encendí
y lo apunté hacia su cuello.––¿Que demonios haces?
––¡Déjale en
paz, vámonos!––gritó Glaw cuando vio que Zahii también
encendía su sable láser––¡Nos van a expulsar!
––Haz caso al
miedica y lárgate de aquí, Neila. A menos que quieras que te de una
paliza.
Al ver que no me
movía, Zahii empuñó su arma con ambas manos y se abalanzó sobre
mi. Interpuse mi sable láser entre el suyo y mi cuerpo, echando el
pie derecho hacia atrás e impulsando mi cuerpo para hacerle
retroceder en cuanto ambas armas chocaron. En cuanto sus pies volvieron a tocar el suelo, un metro
mas adelante, volvió a correr hacía mi. Nuestros sable láser se
entre chocaron y soltaron chispas. Hice una finta hacia la derecha, con un giro de 360º, y
nuestros sables volvieron a chocar. Me puse en guardia y me alejé
unos cuantos pasos de un salto hacia atrás. Zahii echó a correr hacia
mi, esperé en mi posición, y justo cuando él alzaba el sable
láser, para después bajarlo con fuerza contra mi, me aparté,
tropezó al no encontrar un objetivo y le golpeé en la espalda con
mi arma: cayó de bruces y resbaló por el suelo. Se giró para
levantarse, pero fui más rápida y le puse la punta del sable en el
cuello.
––¡Parad!––gritó
una voz potente y grave que no me sonaba detrás de nosotros, justo
en el momento en el que los dos amigos de Zahii sacaban sus sables
con intención de vengar a su cabecilla. Me giré y vi a un hombre
alto, con la túnica y la capa arrugadas, de pelo negro y ojos
azules andar hacia nosotros. Lo reconocí por los hologramas del
archivo: era Cais Ihoren. Me fije en que estábamos rodeados por casi
todos los alumnos de la escuela, que observaban entusiastas aquella
batalla.––¿Que creéis que estáis haciendo?––continuó
diciendo tras hacerse un hueco entre la multitud y acercándose a
nosotros.
––Zahii estaba
pegando a ese Gungan––le contesté en un tono de voz neutral,
mientras apuntaba al joven niño que estaba en el suelo, de rodillas,
abrazándose la tripa. Cais miró a Zahii.
––Me
empujó––fue lo único que contestó mi rival, refiriendose a
porque estaba pegando a aquel niño.
––¿Que hacéis
mirando?––Replicó el Maestro Jen, que había venido detrás
de Cais, a todos los alumnos que nos observaban. Al cabo de unos
instantes en el pasillo solo quedabamos los dos maestros, Zahii, el
chico Gungan y yo. Jen se acercó a nosotros, levantó a Zahii del
suelo y le dio un empujón para que se fuese hacia la sala de
meditación––piensa en lo que has hecho, en el porqué y en como
te has sentido con ello. No quiero verte mañana fuera de esa sala
sin haberle pedido perdón a Jar'Den.––Se acercó a Jar'Den, el
niño Gungan, lo ayudó a levantarse y se lo llevó a la zona médica
para que comprobasen que no tenía ninguna herida importante.
Nos quedamos solos
Cais y yo, y alcé la mirada. Mis ojos se encontraron con los suyos,
y sentí como un escalofrío recorría mi cuerpo. No entendía porqué
a mi no me habían mandado al aula de meditación junto a Zahii. Las
otras veces que le había plantado cara ambos habíamos sido
recluidos para meditar sobre nuestros actos. A pesar de mi
curiosidad, me mantuve en silencio, esperando a que el Maestro fuese
el primero en hablar. Pareció comprender mis dudas y sonrió.
––Eres Neila,
¿no?––asentí, y su sonrisa se hizo aún más amplia.––¿No
vas a preguntarme porque no te hemos castigado a ti también?
––¿Es porque
en el fondo no he hecho nada malo?
Cais soltó una
carcajada al oír mis palabras, desconcertándome, y asintió con la cabeza. Levantó la
mano derecha y se rascó la barbilla, pensativo, mientras su mirada
seguía completamente clavada en mi. Sus ojos, que en un principio
parecían completamente azules como el cielo en un día sin nubes,
tenían en realidad pequeñas motas doradas recorriéndolos, como
pequeñas estrellas en una galaxia.
––Llevo media
tarde buscándote––dijo a continuación, haciéndome abrir la
boca en un gesto de incredulidad. ¿Un Maestro buscándome? Se me
hizo un nudo en la garganta, y los nervios empezaron a recorrer mi
estomago. ¿Había hecho algo mal e iban a expulsarme? Tragué
saliva, consciente de que aquella idea era absurda, pero el nudo siguió ahí.––Ven––dijo, haciéndome un
gesto, y me condujo por los pasillos rumbo a la sala de ceremonias.
Los nervios empezaron a aumentar, y un extraño hormigueo empezó a
recorrerme el cuerpo. El corazón se me desbocó cuando se paró
enfrente de la puerta con una sonrisa y la abrió. ––Quiero que
te pases la noche meditando sobre tus objetivos en la vida. Mañana,
cuando salgas a primera hora, ponte la túnica marrón que cuelga de
la percha del fondo de la sala, y ven a buscarme a la sala del Alto
Consejo. Tenemos una misión, mi nueva jovencisima aprendiz.
Casi
me dió un
infarto al escuchar sus ultimas palabras. Yo, aprenediz. Aun mejor.
Aprendiz de Cais Ihoren. Y aun mejor si era posible. Elegida aprendiz de
Cais
Ihoren antes de que Zahii tuviese un maestro. Le dediqué la mayor
sonrisa de felicidad que había puesto en mi vida, asentí con la
cabeza y entré. Aquello iba a suponer una gran lección de moral para
aquel chico. Con su comportamiento no iba a conseguir Maestro antes que
todos aquellos a los que amedrentaba. Escuché como la puerta se cerraba
detrás de mi, y
caminé hasta el centro de la sala. Me senté en el cojin que había,
cerré los ojos y tragué saliva. Mis objetivos en la vida. Primero,
ser Caballero Jedi. Segundo, salvar a todos los seres de la Galaxia
de sus opresores, o de los posibles opresores que pudiesen llegar a
tener. ¿Y después? ¿Enseñar a jóvenes Padawan ilusionados por
cumplir esos mismos objetivos? Mi corazón dejó de latir de forma
desbocada, contestando a ese pensamiento de forma negativa. Cerré
los ojos con mas fuerza. ¿Formar una familia? Mi corazón latió mas
despacio aun. No. Eso si que no. ¿Enamorarme? No. Que idiotez. El amor
conduce al Lado Oscuro. Suspiré. Tras
pensar en eso, y sin ocurrirseme nada más, una imagen que ya casi
había olvidado apareció en mi mente. La imagen de aquella niña
sonriendo que había conocido antes de empezar mi camino como Jedi, y
a la que no le haía preguntado su nombre: yo tenía cinco años, me
estaban trasladando de Dantooine al Templo Escondido en una nave de
futuros aprendices Jedi que iba rumbo al Templo de Coruscant, y allí
había conocido a una chica de pelo largo rojizo recogido en una
trenza. Habíamos estado jugando por la nave. La había salvado de
caer en el conducto de basura y ella me había prometido que me
devolvería el favor. También me había dado las gracias con un cálido
abrazo. Cuando aterrizamos en el Templo Escondido, me había
preguntado si volveríamos a vernos, y yo le había prometido que si,
que la buscaría por toda la Galaxia si hacía falta para que me
devolviese el favor de haberla salvado. Porque ella iba a ser una
Jedi y ellos siempre cumplían sus promesas. Y yo debía encontrarla,
porque debía cumplir mi promesa, antes o después de cumplir mis
otros dos objetivos, y porque quería volver a ver esa sonrisa y
sentir ese cálido abrazo.